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Larra hoy

Larra hoy

Los jóvenes estamos particularmente bien situados para imaginar, sin esfuerzo, la realidad que conoció Larra. Así lo escribió Juan Goytisolo en 1961. Y estoy, en esencia, de acuerdo con las palabras del escritor.

 

Leyendo los artículos que Larra dibuja, los artículos de gentes y sociedad -los costumbristas puramente-, uno redescubre su propio tiempo. No se trata sólo de adentrarse en aquel Madrid casi provinciano del primer tercio del XIX, sino, más bien, de profundizar en los personajes y los convenios sociales que aquella España contenía. Larra, más que irónico, es un genio de la sátira: las conversaciones de café donde todos opinan pero pocos realmente saben, el espíritu perezoso del español o sus críticas hacia una sociedad en decadencia, todo ello se refleja en palabras llenas de dobles sentidos y mordacidad. Larra es un revolucionario que pretende cambiar el mundo en el que vive a través de sus palabras. ¿Qué joven no podría estar de acuerdo con este planteamiento? Eso es lo que convierte a los artículos de Larra en imperecederos, su lúcida visión hace que sintamos ese relato (costumbrista finalmente) como algo cercano y tangible. Esa es la diferencia con sus contemporáneos. Leemos a Mesonero y necesitamos trasladarnos al Siglo XIX para contextualizar sus pensamientos. Leemos a Larra y estamos dibujando al vecino, al funcionario, al aprendiz de intelectual que nos vende humo y al político mediocre, pero lo enfocamos bajo el prisma de nuestra sociedad. Ahí reside su grandeza.

Y por eso quiero volver a las palabras de Goytisolo, porque quizá el espíritu eternamente joven de Larra sea el que nos enganchó. Eso y su innegable lucidez, su mirada aguda y su pluma cortante.

Y resulta paradójico. Mientras el dolor que Larra sufre por su atormentada lucidez y por esa España en ruinas lo maneja a través de una sátira incontestable, será en sus dos últimos artículos cuando nos los transmite ya sin ninguna máscara  (El Día de difuntos 1836 y La Nochebuena de 1836). En esos dos relatos Larra ha llegado a la conclusión de que sus palabras son papel manchado, que nada puede cambiar gracias a sus escritos, algo así le recrimina la voz de su criado, que es la voz de la Verdad sin remilgos. Y será gracias a estos artículos, los más sinceros que Larra escribió, cuando nos asomamos a la angustia vital del escritor. El abismo al que se enfrenta cuando se reconoce intrascendente.

La paradoja reside en el hecho de que la trascendencia de su palabra fue la única que traspasó su barrera histórica, la de esas primeras décadas del S.XIX, para posarse suavemente sobre todos los jóvenes de espíritu rebelde que seguimos buscando.

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1 comentario

Pobrecito hablador -

"Es preciso acostumbrarse a considerar la vida como una partida de ajedrez: ni los hombres tienen más valor que los muñecos de palo, ni una desgracia es más que una mala jugada"

Mariano José de Larra
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