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Los palacios de la memoria

Los palacios de la memoria

Una leyenda griega nos dice que en la boda de un importante personaje, tras el derrumbe del palacio que albergaba a todos los invitados del banquete, un poeta que tuvo la fortuna de no encontrarse dentro del edificio cuando este se desplomó, fue capaz de identificar a todos y cada uno de los cadáveres que produjo el siniestro. ¿cómo realizó semejante milagro? El poeta había memorizado exactamente el lugar en el que se ubicaba cada uno de los comensales. Había sido capaz de albergar en su memoria rostros, lugares, colores, vestimentas… y almacenarlos ordenadamente para poder procesarlos después, cuando ya no existía el palacio.

 

En este contexto, encuadrado en una historia antigua de la que conservamos más mitos y leyendas que hechos considerados históricos en un sentido ortodoxo, debemos posicionar a los “palacios de la memoria”.

Saltamos abruptamente a la época medieval: Roma se había derrumbado en occidente y el cristianismo se imponía como la religión mayoritaria del pueblo y también de los estados. El saber se recluía en los monasterios. Las diferentes órdenes monacales esparcían sus doctrinas, los libros eran pequeños tesoros que no se compartían con cualquiera. Con el papiro egipcio en franco declive, el medio ideal para dejar constancia escrita era el pergamino: esto era piel de animal, normalmente vacuno o bovino, secada y raspada de tal forma que se convertía en un excelente medio para escribir y también para conservar. Pergamino se llamó porque originariamente procedía de Pérgamo, ciudad de oriente medio donde tantos saberes nacieron para el ser humano.

Pero hablábamos de libros. Estos pasaban de mano en mano, de monasterio en monasterio. Algún monje, el copista, volcaba la información de un pergamino a otro en una lentísima y penosa labor que tardaba años, quizá décadas en concluirse. Con todas estas premisas, es fácil de comprender que el contenido de un libro estuviera en las manos de un lector una sola vez en toda su vida, sin posibilidad de volver a consultar sus páginas de nuevo nunca más.

Con un acceso a la cultura tan sumamente pobre, los monjes desarrollaron técnicas memorísticas hoy inauditas para nuestro entendimiento. El monje era capaz de construir mentalmente un palacio repleto de habitaciones en el cual cada puerta condujera a una parte del saber que éste almacenaba. Algo parecido a lo que hizo aquel sabio con los cadáveres del que hablábamos al comienzo. Un monje medieval leía un libro con extraordinaria atención, almacenaba su información y la depositaba, cuidadosamente, en una balda de cualquiera de las habitaciones de su palacio mental. Luego, cuando necesitara usar sus textos, sólo tenía que recluirse en los pasillos de su construcción, caminar y abrir la puerta adecuada para conseguir la información necesaria.

 

Y lo mismo hacían con la música, el arte, los paisajes, los aromas que descubrían. Los almacenaban en una de sus habitaciones y siempre podían volver a rescatarlos cuando fuera menester.

Muchos fueron los que practicaron esta técnica mágica y maravillosa. La iglesia, férrea defensora de la tradición y contraria a todo lo que sonara a paganismo herético, persiguió a muchos de estos sabios. El caso más famoso quizá sea el de Giordano Bruno; uno de los más célebres monjes en practicar la técnica de los palacios de la memoria. El monje italiano, precursor de muchos conocimientos científicos, fue acusado de herejía, fue quemado en Roma en el año 1600. Bruno saltó del catolicismo al anglicismo hasta finalmente renegar de todas las órdenes religiosas mientras yacía en la hoguera. En el auto de Fe celebrado en la plaza de Fiori contra el revolucionario monje quedó escrita para la historia la frase que dirigió a sus jueces: "Tembláis más vosotros al anunciar esta sentencia que yo al recibirla". Bruno fue expulsado de la Iglesia y sus trabajos fueron quemados en la plaza pública.

 

Ya en pleno siglo XVIII, con la imprenta funcionando a pleno rendimiento y los palacios de la memoria recluidos en el último rincón de las modernas técnicas de imprenta y letra humanística, fue un historiador francés, gianbaptiste Vico, el que recuperó la mística técnica palaciega. Y lo hizo a través de un grabado recogido en su más celebre obra “La ciencia nueva”. En dicho pictograma se escondía el oscuro conocimiento de la cábala judía, capaz de mezclar números y letras en forma de un lenguaje criptográfico que sólo podía ser enseñado oralmente de maestro a aprendiz. Cada figura representaba formas de conocimiento que servían para ligar memoria y entendimiento como si de una cadena se tratara. El arte de la cábala es el padre de los palacios de la memoria. Y Vico, brillante precursor de los románticos del siglo XIX, continuó el camino milenario de esta particular forma del saber.

Todavía hoy quedan reductos de aquellos palacios. A finales del siglo pasado, en su saga sobre el terrorífico doctor Aníbal Lécter, el escritor Thomas Harris recupera esta técnica memorística en su novela “Aníbal”. En ella, el oscuro psiquiatra antropófago de origen checo, se recluye en los pasillos de su palacio para disfrutar de un atardecer en Florencia o para releer un libro que pasó por sus manos en sus años de juventud. Lécter es capaz de saborear deliciosas carnes, degustar vinos dulces y recrear sentimientos y pasiones desde el interior de su minúscula celda gris gracias a su extraordinario palacio de la memoria.

También el genial Stanley Kubrick, en su adaptación a la novela del polémico Stephen King, Resplandor, dibuja un extraordinario palacio de la memoria en forma de aquel hotel gigantesco y vacío por el que el niño camina y pedalea con su triciclo. La habitación oscura, la de los poltergeist, es el lugar en el que se conservan los recuerdos más turbios de la psique humana. Los del padre que enloquece, encarnado en la figura de un genial Jack Nicholson. El palacio, además, está ampliado con aquel laberinto nevado, que representa la locura del escritor en el que Nicholson termina muriendo.

Las técnicas modernas han arrinconado la sabiduría de los palacios de la memoria en forma de una sola habitación oscura a la que nadie quiere acceder. El resto está vacío, como en el hotel de "el Resplandor".

 

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2 comentarios

Róber -

Vaya. Pues te has enterado del final de la peli antes de que terminara... un abrazo Alfredillo

Alfredo -

ahora mismo estoy viendo "el resplandor" que cosas....y en la publicidad leo tu artículo.
Un abrazo Rober
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