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vitibici. EL VITIBLOG

DE LOS LIBROS QUE SE HIMPLAN

DE LOS LIBROS QUE SE HIMPLAN

Es tarde de bochorno en Madrid. Parece como si el tiempo estuviera himplado, parecido a cuando los niños necesitan llorar, pero no quieren, y se les tiñen las mejillas de un encarnado casi obsceno. Hasta que lloran a rabiar, incontenibles. Eso decían las viejas en mi pueblo cuando los chavales nos agarrábamos las rabietas.

Así está la tarde, intratable. Aún así, el hechizo de una buena tormenta en mitad del paseo es sobradamente evocador como para ponerme en pie y retar a los cuarenta grados de la capital.

Me adentro en el Retiro por la puerta de Mariano de Cavia. El bueno de "sobaquillo" con sus lentes circulares contempla al paseante con firmeza, parece como si estuviera escrutando a ese Madrid, que hoy casi no reconocería, para sacarse un artículo de los suyos.

Me dicen que la Feria del libro serpentea por las calles del buen Retiro, aún así bajo hasta la Cuesta Moyano, las librerías abiertas son muy pocas: mucho viento y pocas mieses. La librera aún conserva una belleza aguda, sensual. Recoge los libros expuestos en mitad de la cuesta mientras sus cabellos golpean las lentes. Es extraordinario que ninguno salga volando cuesta abajo, así como hacen los skaters que toman la cuesta como una pista neoyorquina. Un lector vivo, sagaz, está intentando comprar un vetusto libro decimonónico. Parece americano, no lo digo por su acento, que no lo sé distinguir, sino por la gorrita que luce junto a su bohemia pipa.

- How much is it?

- 180 euros. Ahí te lo está poniendo.

- Ouhhh. I give you 20 euros.

- Del guindo, tú lo que te piensas es que me he caído del guindo anoche. Este libro vale 250 euros y me dices que me das 20. Dame el libro ahora mismo.

El guiri suelta el libro y se mete el billete de 20 en los bolsillos de sus tejanos. La librera está cabreadísima. Yo, espectador fortuito, sonrío entre dientes. He visto un librito que me interesa, pero creo que no le preguntaré el precio a la señora, que ha regresado a su mecánica tarea de recoger los libros expuestos en la calle.

Cojo la cuesta arriba de nuevo y regreso al Retiro. No sé la cantidad de puestos que hay en la Feria del Libro de Madrid. Deben ser más de 300. Me han dicho que los escritores firman ejemplares. Estoy en un stand y me dispongo a ojear un libro de Bolaño. A dos palmos de mí Javier Marías firma libros por doquier. Ataviado con unas inmensas gafas de sol y con un pitillo de la mano, el escritor sonríe y pregunta por los nombres a quienes va a dedicar unas líneas. Entonces aparece ella. Viene con una cerveza de la mano y un bolso repleto de… no sé de que. Parece muy educada y culta. Le felicita al señor Marías y mantiene un ligero diálogo sobre literatura. Entonces llega el exabrupto: "¿Tendría usted la amabilidad, señor Marías, de decirme por qué insulta tan gratuitamente en sus artículos dominicales? Alguien con su elevada posición socio-cultural. Usted es un cretino.

Marías parece descolocado. ¿o desolado? No hay respuesta posible que sirva para salir airoso ante semejante cornada. Los curiosos nos mantenemos en nuestras posiciones, nos hacemos los despistados y aguardamos la respuesta del escritor. Pero no se produce. La mujer, que está acorralando al intelectual, se ve trabada por la llegada de agentes de seguridad que la invitan muy educadamente a irse de allí. Todavía le quedan arrestos, a la joven, para señalar un libro colocado arriba, en la estantería, de Einstein, mientras suelta a viva voz " A ese también le echaron una vez de la Universidad alemana, y hoy está en la Feria!, nos veremos las caras" Y luego medio se sonríe, con una mirada aviesa, diagonal.

Libreros increpando a compradores, lectores que señorean a sus escritores. El mundo al revés, oigan. En esas que sigo caminando cuando me encuentro la siempre entrañable figura del maestro Labordeta. Me entran ganas de darle la mano y felicitarle por una vida tan honesta. Pero no podrá ser. La tarde, que ya no puede himplarse más, comienza a llorar con rabia insostenida, con ganas y con desdén. Es momento de abandonar la muchedumbre y resguardarse bajo un pino. En cuestión de unos segundos la tierra volverá a respirar y me regalará los aromas de recién mojada. Eso es lo único que faltaba para que la tarde fuera perfecta.

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4 comentarios

David -

Por la descripción climatológica, es posible que esa tarde estuviera yo también allí, me hubiera encantado coincidir contigo.
Muy bien escrito, me ha gustado leerte, Rober.
Un abrazo

Róber -

Se le veía ya viejito al abuelo Labordeta Dani majo.

Daniel -

Qué putada. 4 días al año de lluvia en Madrid y uno te impide saludar al mochilero. Eso es mala suerte.

Grande Rober.

Oscar -

Vaya cara que se le tenía que haber quedado al Marías, jajaja. Me gusta el tono.
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